El silencio carnal que había dejado el beso se evaporó en un segundo. El jefe de seguridad de Onyx permanecía bajo el umbral, con el rostro desencajado y la respiración rota por la agitación.
Sus manos, habituadas a sostener el control de las situaciones más extremas, temblaban sutilmente mientras sostenía un objeto que parecía irradiar peligro puro.
— ¡Hable de una vez! — ordenó Alexander, colocándose de inmediato en una postura defensiva que cubría el cuerpo de Helena, una reacción automática