Zara
Damon y yo pasamos toda la noche en ese claro. La fogata, el collar, la luna; todo es perfecto cuando estoy a su lado.
Lamentablemente, nuestra felicidad no puede durar para siempre. A la salida del sol a la mañana siguiente, no nos queda más que regresar.
Entramos a la cabaña con sigilo, pero eso no nos sirve de nada, ni bien abro la puerta de su habitación, lo descubro sentado en la cama mientras juega con sus pequeños deditos. Levanta la cabeza y me sonríe al verme.
—¡Mama! —exclama.
—H