Skylar
—¡Zadrian! —le grito.
Está de pie frente a la casa con los ojos cerrados y parece recitar un hechizo. Intento avanzar hacia él, pero una especie de manto invisible me impide atravesar el umbral de la puerta.
Abre los ojos y sonríe, pero ya no parece el mismo lobo que conocí, es como si la oscuridad estuviese a punto de consumirlo. Las lágrimas brotan de mis ojos. No debí hacerle caso, no debí ocultarle la verdad al Alfa Damon.
—No te vayas por favor, no lo hagas.
—Adiós, duendecilla, ten