El cielo sobre Viena es un gris elegante cuando abordamos el jet privado esa misma tarde. Edward ya ha mandado sus correos. Yo hice lo propio. El nuevo acuerdo con Vollmer ya está firmado, sellado y digitalizado. Y, sin embargo, siento que la verdadera firma está en nuestras espaldas, donde el peso de todo esto nos recuerda que fue un juego sucio desde el principio.
Las horas de vuelo a Los Ángeles son catorce. Pero en esta cabina silenciosa, parecen una maldita eternidad.
Edward y yo estamo