Nikolai no colgó de inmediato.
Se quedó con el teléfono pegado al oído unos segundos más, como si la información pudiera cambiar si la escuchaba otra vez. No lo hizo, el vacío que se le abrió en el pecho fue inmediato y helado, una sensación conocida, pero nunca menos brutal. Esa que anunciaba que la sangre estaba a punto de correr.
—Reúnan a todos —ordenó al fin, ya en movimiento—. Ahora.
Su voz no tembló, no lo hacía desde hacía años, pero por dentro, algo crujía.
La música de la fiesta s