Lía no dejaba de llorar a pesar de que Chely estaba ya a salvo y sus heridas habían sido curadas.
No fue un llanto elegante ni silencioso. No hubo intento alguno de contenerlo. Fue crudo, desgarrado, casi animal, como si todo el terror acumulado durante semanas —las amenazas, las miradas sobre el hombro, el miedo constante a perderlo todo— se le hubiera roto en el pecho de golpe. Caminó hasta la cama ignorando el mareo, las punzadas en la espalda, el peso del vientre ya avanzado y el vértigo de