Carlota no llamó ni pidió audiencia ni aviso previo.
La puerta de la sala de estrategia se abrió con un golpe seco que hizo que todas las miradas se giraran de inmediato. El murmullo de voces se apagó como si alguien hubiera cortado el aire de raíz.
Entró con el rostro serio, los ojos encendidos de urgencia. A su lado, Mikhail avanzó con pasos largos, sosteniendo una tableta y un par de carpetas gruesas bajo el brazo. Ambos parecían venir de una carrera contra el tiempo.
—La tenemos —dijo Carlo