Dos semanas.
Catorce días en los que la ausencia de Chely se volvió una herida abierta que nadie conseguía cerrar. La mansión Volkov había cambiado sin que nadie lo dijera en voz alta: más silenciosa, más rígida, más peligrosa. Los pasillos parecían escuchar. Las paredes, juzgar.
Lía lo sentía incluso al respirar.
El embarazo avanzaba, su vientre ya comenzaba a pesarle, pero la vida que crecía dentro de ella no traía paz, al contrario. Cada movimiento del bebé parecía sincronizarse con el miedo