La sala de reuniones estaba sumida en una quietud incómoda.
No era silencio verdadero. Era esa pausa artificial que se forma cuando demasiadas personas piensan lo mismo y nadie quiere decirlo en voz alta. Las luces tenues proyectaban sombras largas sobre la mesa de cristal, donde mapas, fotografías ampliadas y pantallas encendidas convivían con tazas de café intactas. Nadie tenía hambre, nadie tenía sueño. El peligro había dejado ese sabor metálico en el aire que no se iba con nada, ni siquiera