La desaparición de Chely no fue inmediata.
Fue peor.
Fue una ausencia que se estiró demasiado, como una herida que no sangra pero duele a cada segundo. Nadie supo exactamente cuándo ocurrió. No hubo un grito de auxilio, ni una llamada cortada, ni una explosión que marcara el momento. Simplemente… dejó de estar.
Primero fue el teléfono. Las llamadas entraban directo al buzón, los mensajes se quedaban en visto nunca entregado. Después, el GPS quedó congelado en una calle secundaria, una zona gris