El sótano oculto no tenía ventanas, no las necesitaba.
La ausencia de luz natural no era una carencia, sino una elección. Aquel espacio había sido diseñado para que el tiempo dejara de importar, para que el afuera desapareciera y solo quedara lo esencial: el miedo, el dolor y la verdad arrancada a la fuerza.
El aire era espeso, cargado de hierro, humedad y ese olor inconfundible que solo aparece cuando el sufrimiento se prolonga demasiado. No era solo sangre; era desesperación estancada, sudor