El segundo disparo fue más cercano. Demasiado.
El impacto hizo estallar el cristal de un escaparate a pocos metros, y los fragmentos llovieron como cuchillas sobre la acera. El sonido fue seco, brutal, seguido por los gritos ahogados de quienes aún no comprendían qué estaba ocurriendo.
Lía apenas alcanzó a cubrirse la cabeza cuando Josué la empujó con el cuerpo entero, cayendo sobre ella para protegerla. El golpe contra el suelo le arrancó el aire de los pulmones, pero no se apartó. No dudó. Su cuerpo se convirtió en un escudo instintivo.
—¡No miren! —ordenó con voz dura—. ¡No se levanten!
Chely ya estaba en el suelo, pero no paralizada. Su mente trabajaba a una velocidad feroz, diseccionando el caos. Contó pasos, sombras, direcciones. Diez hombres, tal vez más. Avanzaban desde ambos extremos de la calle, cerrando el cerco con precisión milimétrica.
No era un robo, no era un ajuste de cuentas improvisado. Era un secuestro cuidadosamente planeado.
Los atacantes no gritaban, no daban ad