Adrik ya no interrogaba.
Ese era el primer signo de que algo estaba profundamente mal.
En los últimos dos días, los hombres que caían frente a él no tenían oportunidad de hablar, de negociar ni de suplicar. Un disparo, a veces dos. Preciso, frío y definitivo. Los cuerpos se acumulaban como errores que no merecían explicación, como piezas mal colocadas en un tablero que ya no admitía correcciones.
La sangre ya no le decía nada.
Antes, cada interrogatorio era una danza lenta, meticulosa. Adrik disfrutaba desarmar a sus enemigos con palabras, con silencios, con miradas que hacían más daño que los golpes. Ahora no, ahora todo era directo, eficiente y vacío.
Nikolai lo observaba en silencio desde un rincón del almacén improvisado.
Lo conocía desde siempre. Conocía cada una de sus fases: la calma letal que precedía a una ejecución necesaria, la furia estratégica que se desataba cuando alguien cruzaba una línea clara, el control absoluto que lo volvía casi inhumano. Aquello era distinto, aqu