Adrik ya no interrogaba.
Ese era el primer signo de que algo estaba profundamente mal.
En los últimos dos días, los hombres que caían frente a él no tenían oportunidad de hablar, de negociar ni de suplicar. Un disparo, a veces dos. Preciso, frío y definitivo. Los cuerpos se acumulaban como errores que no merecían explicación, como piezas mal colocadas en un tablero que ya no admitía correcciones.
La sangre ya no le decía nada.
Antes, cada interrogatorio era una danza lenta, meticulosa. Adrik di