Lía no respondió de inmediato. Se quedó mirando el atardecer, las luces lejanas de la ciudad como estrellas falsas, con una mano apoyada sobre el vientre y la otra rodeando la taza que ya estaba fría. El aire era tibio, pero dentro de ella había una inquietud helada que no lograba sacudirse.
—No —admitió finalmente—. No lo estoy.
Chely no dijo nada, no la interrumpió ni la contradijo. Solo giró un poco el cuerpo hacia ella, dándole espacio para hablar. Había aprendido que Lía necesitaba silenci