Lía no respondió de inmediato. Se quedó mirando el atardecer, las luces lejanas de la ciudad como estrellas falsas, con una mano apoyada sobre el vientre y la otra rodeando la taza que ya estaba fría. El aire era tibio, pero dentro de ella había una inquietud helada que no lograba sacudirse.
—No —admitió finalmente—. No lo estoy.
Chely no dijo nada, no la interrumpió ni la contradijo. Solo giró un poco el cuerpo hacia ella, dándole espacio para hablar. Había aprendido que Lía necesitaba silencios tanto como palabras.
—Tengo una mala sensación —continuó Lía—. No es desconfianza hacia Adrik… es algo más profundo. Maya es perfecta para su mundo. Creció ahí, entiende las reglas, la violencia, el poder, el juego. No le pesa nada de eso.
Se llevó una mano al pecho, como si necesitara sostenerse.
—A veces siento que yo soy… una pausa. Algo que no encaja del todo, que cuando no esté, él seguirá funcionando igual.
Su voz se quebró apenas, lo justo para doler.
—Ella no tendría miedo de nada de