Un mes pasó y las cosas todavía seguían tensas, pero más soportables.
Adrik no soportaba pelear con su gitana, así que buscó solución a los problemas. Josué tenía terminantemente prohibido el acceso a su oficina, eso Lía no lo sabía, pero fue solución para la discusión.
La mansión ya no se sentía como un campo de batalla latente, sino como una fortaleza viva. Había movimiento constante, pero no caos. Guardias que rotaban sin sobresaltos, informes que llegaban puntuales, noches sin alarmas. Incluso el aire parecía distinto, menos cargado de urgencia y más de vigilancia.
Para Lía, ese cambio se medía en cosas pequeñas: despertarse sin sobresaltos, caminar sin sentir el impulso de mirar atrás, respirar profundo sin que el pecho le doliera.
La clínica privada de la mansión estaba llena, como siempre que Lía tenía una cita prenatal. Era casi una tradición absurda: nadie se perdía esas revisiones. Vladimir ocupaba una silla con porte solemne, como si asistiera a una reunión diplomática; Ni