Había pasado una semana, una semana sin Lía.
Para Adrik Volkov, el tiempo no se medía en días ni en noches, sino en ausencias y esa ausencia le pesaba como una herida que no sangraba, pero tampoco cerraba.
Londres lo recibió como siempre recibía a los hombres peligrosos: con cielos grises, calles húmedas y una calma mentirosa que solo existía antes del desastre. La ciudad parecía observarlo desde la distancia, consciente de que no estaba allí por turismo ni negocios limpios.
El vehículo negro a