—¡Vamos, el que se eche para atrás es un cobarde!—gritó Faustino, remangándose la camisa. Llevaba tiempo deseando darle una lección a ese viejo.
—¡Faustino, papá, por favor, no peleen!—Larisa, a un lado, miraba con desesperación, sin saber qué hacer.
—¡Rugido!
Justo cuando Faustino y Federico estaban a punto de pelear, un rugido salvaje resonó. El rugido aterrador resonó por toda la montaña occidental. Con un par de crujidos, una pantera de ojos brillantes saltó de la densa maleza. Era enorme, c