Aunque estaba rodeado de dos hermosas mujeres, Faustino se mantuvo quieto, sin atreverse a hacer un movimiento. Con los ojos bien abiertos, escudriñaba la oscuridad, expectante ante cualquier manifestación sobrenatural. Las horas se arrastraron lentamente hasta la madrugada, envueltos en un silencio absoluto. Faustino lanzó una mirada furtiva: Lara parecía haberse quedado dormida. Sintiendo que la tensión se aliviaba un poco, comenzó a relajarse.
—Rosalba, ¡uy qué rico hueles!—dijo Faustino, inh