—¡Papá, no quiero terminar en la calle!—Miguel se sentó en el suelo y comenzó a llorar.
—¡Entonces ve y pídeles perdón a la señorita y a su amigo! ¡O toda la familia terminaremos en la calle!
—¡Sí, claro que sí!
—Señorita Zambrano, sé que me equivoqué, no debí ser tan arrogante. Por favor, perdóneme...—Miguel, al darse cuenta de su error, se arrodilló frente a Ximena y Faustino, pidiendo perdón sin parar, incluso se abofeteó.
—¿Qué está pasando?—Federico y los aldeanos se sorprendieron al ver el