—¡No lo hagas!
Faustino se estremeció al instante, sintiendo un frío en la entrepierna.
—Jaja, mira cómo te asustaste...
Ximena no terminó su frase cuando, de repente, echó un ligero vistazo a cierta parte y se quedó boquiabierta.
—¿Tú… estás bien? ¿Cuándo te recuperaste?
—Acabas de regresar, aún no he tenido tiempo de decírtelo.
Faustino sonrió con malicia.
—¿Qué tal? ¿Quieres probarlo?
—¡No quiero! ¡Aléjate de mí! Ahora que estás bien, ¡no pienses en tocarme ni un solo dedo!
Ella lo miró con