Al ver la determinación de Faustino, Larisa se encontró sin opciones y respondió resignada:
—Está bien, puedes ir, pero prométeme que si pierdes dinero, nos vamos inmediatamente.
—¡Vámonos a casa ahora mismo o le diré a Rosalba que andas apostando!
—Está bien, está bien —cedió Faustino, quien al ver la preocupación en el rostro de Larisa, asintió con una sonrisa divertida—. Larisa, te haré caso. En cuanto pierda, dejaré de jugar.
—¡Ja! Maldito idiota, una vez que estés en el casino, ya no depend