—¡Mamá! Espera un momento, yo... yo acabo de despertar y ¡todavía aún no me he vestido!
Larisa, presa por completo del pánico, sintió su corazón latir desbocado como un cervatillo asustado. Si Iliana la veía en ese estado tan lamentable, moriría de vergüenza. Sin preocuparse por cambiarse la ropa interior, rápidamente se puso un pantalón.
Después de hacer esto, ella respiró muy hondo y, aclarando la garganta, abrió de inmediato la puerta.
—Está bien, mamá, puedes entrar.
Con un chirrido, Iliana