Y había otros, los que habían perdido su dinero, cabreadísimos, haciendo pedazos sus boletos. Ni idea de cuánto perdieron, pero por cómo se veían, mínimo se quedaron en la calle.
Faustino se quedó parado, brazos cruzados, mirando a su alrededor.
—En eso, el jefecillo se le acercó.
Faustino lo miró con cara de confusión.
—¿Qué pasa? Apenas han pasado quince minutos, ¿ya quieren más boletos?
El jefecillo sonrió levemente.
—No, eso no. Sé que buscas a alguien, así que te doy una oportunidad.
—Si su