—¡Hoy, sin importar quién sea tu padre, voy a darte la lección que él debió darte! —rugió Faustino antes de lanzarse contra el pandillero.
La furia ardía en su interior y no mostró ni un ápice de piedad. En menos de cinco minutos, el joven aullaba de dolor, con el rostro cubierto de sangre y lágrimas mezcladas.
—¡Están golpeando al jefe! —los otros pandilleros observaban paralizados, incapaces de creer que su líder Mateo, el hijo del alcalde del pueblo, pudiera acabar así.
Sin detenerse a pensar