—¡Sí, señorita!
Las dos estadounidenses empuñaron sus armas y avanzaron cautelosamente hacia donde estaba Faustino.
Alice las seguía, con expresión grave.
—Así nos van a descubrir tarde o temprano.
—Si planea matarnos, ¿por qué no nos adelantamos y acabamos con ellas primero? —sugirió Faustino con mirada gélida.
Esta mujer era demasiado despiadada, mataba sin dudar. No podía dejarla vivir.
—No, son las últimas criminales, debemos capturarlas vivas —insistió Mariana obstinadamente.
—¿Vivas? ¿Y si