—Alcalde, ¿está seguro de que no deberíamos convencer a Liliana de que regrese? —preguntó Faustino, preocupado—. Al fin y al cabo, solo va a perder el tiempo.
—Déjala ir —respondió Federico con desprecio evidente, claramente acumulado desde hace tiempo—. Es una mujer que debería quedarse en casa lavando ropa y cocinando, en lugar de estar metiéndose donde no la llaman. Ya volverá con el rabo entre las piernas cuando se canse.
—Papá, estás hablando de mi mamá, ¿cómo puedes expresarte así? —protes