OLIVIA
El silencio que siguió fue denso, impregnado del aroma a sudor, jazmín y la electricidad cruda y persistente de lo que acababa de suceder. Alejandro no se apartó de inmediato. Permaneció anclado a mí, su frente presionada contra la mía, su pecho agitado como si acabara de correr una maratón para salvarme la vida.
Bajo la tenue luz de la luna, su rostro era un mapa de sombras afiladas y una intensidad aterradora. Me miró no con el suave brillo de un amante, sino con la mirada territorial