ALEJANDRO
Me obligué a girarme hacia la puerta. Cada músculo de mi cuerpo gritaba, un rugido primigenio que me exigía darme la vuelta y terminar lo que había empezado.
Sentía la piel ardiendo donde me había tocado. Su aroma, ese maldito jazmín, me ahogaba los pulmones, impidiéndome pensar, respirar, ser el hombre que se suponía que debía ser.
Tenía la mano sobre el frío latón del pomo cuando la oí.
«Alejandro».
Su voz era una súplica suave y entrecortada que, sin llegar a mi cerebro, me llegó h