Alarmada, susurró a los niños:
—Entren. No salgan hasta que yo se los pida. No hablen ni susurren y sí, por favor, nada de moverse—dijo Amanda con prisa—. Ahora entren. Rápido.
Cuando los niños ya no estaban a la vista, Amanda abrió la puerta y se reunió con Rowán, que había estado de pie en la entrada de la casa.
—Hola, ¿qué haces aquí?—preguntó Amanda, inquieta.
—Explorando la ciudad—respondió Rowán, sonriendo.
Amanda tartamudeó. Estar allí, en la entrada de su casa, se sentía incómodo y quis