MARION
“Yo también estoy aquí, madre”, bromeé mientras se daba la vuelta para irse con Demetria.
“No eres una invitada, Marion. Un pequeño rechazo no te hará daño. ¿Verdad, Demetria?”
“Por supuesto, señora Whitfield”, respondió con suavidad, mirándome con una sonrisa que me encogió el pecho.
Negué con la cabeza, divertida, y las seguí a la sala.
La habitación estaba igual que siempre: estanterías de roble pulido llenas de libros que mi madre insistía en que algún día leyera, fotografías enmarcadas de galas y viajes familiares, y el sillón de cuero de mi padre plantado como un trono junto a la ventana. El olor a cordero asado llegaba desde la cocina, arrastrado por el murmullo de las conversaciones del personal que preparaba la mesa.
Madre se movía con determinación, con la mano apoyada suavemente en la espalda de Demetria como si ya la hubiera reclamado como suya. “Cariño, te presento a mi esposo, Maxwell Whitfield”, dijo, con esa calidez natural que reservaba para la gente que le gus