MARION
Las ruedas del avión chirriaron contra el asfalto, un aterrizaje suave que atravesaba la calma de la mañana angelina. Desde mi ventana, Los Ángeles brillaba como un lienzo bañado en oro. El cielo se extendía ancho e infinito, un azul pálido salpicado de tenues jirones de nubes blancas, mientras el sol proyectaba un cálido resplandor que se reflejaba en el horizonte.
El aire exterior se veía fresco y despejado, la típica mañana en la que la ciudad se sentía viva y vibrante, ya rebosante d