DEMETRIA
Abrí los ojos porque mi maldito teléfono no paraba de sonar. Murmuré, molesta porque era fin de semana y mis empleados sabían que no debían llamarme. Me di la vuelta y busqué a tientas el teléfono. Al no sentirlo, gruñí, abrí los ojos y entonces vi la hora en el reloj de pared: las 5:46 a. m.
"¿Qué demonios?", pregunté mientras me levantaba. Al hacerlo, vi mi teléfono en la cómoda. Por suerte, dejó de sonar, así que puse las manos en la espalda, la estiré y me estiré. "Mmm", gemí mient