El sol de la tarde comenzaba a teñir de dorado las paredes de la habitación cuando Alessandro emergió lentamente de la neblina de los sedantes. Lo primero que sintió no fue el dolor punzante en su costado, sino un calor reconfortante y familiar en su mano derecha. Al abrir los ojos con esfuerzo, su mirada se posó en la figura que descansaba a su lado.
La castaña estaba dormida en la incómoda silla de plástico, con la cabeza apoyada sobre el borde del colchón. Su respiración era acompasada, pero