Capítulo — La partida a la costa
Naty estaba sentada sola en uno de los bancos de la terminal de autobuses, con la mochila apoyada entre sus pies y el bolso bien cerrado contra el pecho, como si ese gesto pudiera proteger lo poco que aún no había sido alcanzado por el derrumbe. La postura no era cómoda, pero era defensiva. Instintiva.
El reloj digital colgado sobre una columna marcaba las 01:45 con una frialdad impersonal. El autobús partiría a las 02:30, pero el tiempo, ahí dentro, parecía