Epílogo
El amor tras el miedo
El sol brillaba con una calidez distinta aquella mañana, como si el cielo mismo hubiera decidido acompañarlos. No era un sol apurado ni arrogante, sino uno sereno, generoso, que se filtraba entre las copas de los árboles y bañaba al pueblo con una luz suave, casi agradecida. La iglesia, pequeña y entrañable, estaba adornada con flores blancas y celestes, dispuestas con un cuidado amoroso. No había ostentación, pero sí intención. Cada detalle parecía decir lo mi