—La señora Vanessa ya llegó a Punta del Cielo —comentó Arven, echando un vistazo por el espejo retrovisor a Daven, quien permanecía sentado con calma en el asiento trasero.
El auto avanzaba con paso firme por el centro de la ciudad, que ahora resplandecía con el suave brillo de las luces nocturnas de los edificios circundantes. Sin embargo, esa calma exterior no reflejaba lo que Daven sentía por dentro.
A decir verdad, no quería estar allí esa noche. Esta reunión no era algo que pudiera evitar,