—¿Por qué tarda tanto? —murmuró Daven, mirando su Rolex en la muñeca izquierda por lo que parecía ser la centésima vez.
Ese era el día en que Rio había prometido entregarle la información que tanto esperaba, y la impaciencia de Daven crecía por momentos. No quería escucharla por teléfono; necesitaba pruebas sólidas, algo innegable.
Mientras esperaba la actualización de Rio, a Daven le resultaba casi imposible concentrarse en el trabajo. Sus pensamientos no dejaban de desviarse hacia Solaviz y,