Esa mañana, la acogedora cocina de la casa de Althea estaba impregnada del aroma a pan tostado y huevos revueltos. El sol aún estaba bajo, pero Josh ya estaba sentado a la mesa en su lugar, bebiendo su leche con chocolate tibia.
Althea sirvió el desayuno y se sentó frente a él. De vez en cuando, miraba a su hijo, que parecía más alegre de lo habitual.
—Josh, ¿no hay algo que quieras contarme? —preguntó Althea con suavidad, limpiándole un rastro de leche de la comisura de los labios.
—¿Una histor