Falcon asintió apenas.
Apagó el puro en el cenicero de cristal con más fuerza de la necesaria. La brasa encendida se deshizo contra el borde y el sonido terminó con la quietud.
Se puso de pie. No se apresuraba. Cada gesto era medido y controlado, reflejo del dominio que lo caracterizaba. Sin embargo, cada paso que daba aumentaba la tensión en la habitación. El hombre frente a él contuvo la respiración sin darse cuenta.
Falcon se detuvo al borde del escritorio y dejó caer la tableta sobre la supe