El cielo de Berlín cambiaba despacio. El naranja pálido se fundía en un azul profundo a medida que anochecía. En lo alto de la ciudad, lejos del ruido, se había preparado un comedor privado al aire libre, nada demasiado grandioso ni excesivo, pero lo bastante íntimo como para sentir que les pertenecía solo a ellos dos. Unas luces tenues rodeaban el espacio; las velas titilaban sobre la mesa y una suave melodía clásica llenaba el aire sin estorbar.
Lydia se detuvo en cuanto llegaron.
—Cale... —Se