Casi por instinto, Daven le tomó la mano. Bajó un instante la mirada hacia el vientre de ella, todavía plano, pero no hacía falta que dijera nada. Allí crecía una nueva vida, llena de esperanza.
Apenas entró Arven, Riana le habló con aspereza, aunque con tono juguetón.
—Arven, traes a tu jefe a casa demasiado tarde y demasiado seguido.
Arven parpadeó y se señaló a sí mismo.
—¿Yo?
—Sí, tú —siguió Riana sin perder el ritmo—. Daven debería estar en casa más seguido. ¿No tienes un equipo que te apoy