Se llevó los dedos a la sien y presionó con fuerza.
—No debiste tratarla así —se murmuró a sí mismo—. ¿Aún tendré la oportunidad de pedirle perdón?
Pero entonces se rio amargamente.
—Aunque la tuviera... dudo que me perdone.
Un suave golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
—Adelante —dijo sin darse la vuelta.
La puerta se abrió y apareció Arven con una tableta y una pila de documentos en las manos.
—Señor, su reunión empieza en diez minutos —le recordó con cortesía.
Daven asintió. Consul