A Althea le rodaron las lágrimas por las mejillas antes incluso de que se diera cuenta. En otras circunstancias, habría puesto los ojos en blanco ante las palabras cariñosas de su esposo. Pero esta vez, esa misma añoranza también la consumía. Hubo noches en las que no podía dejar de pensar en cómo Daven pasaba los días en la fiscalía.
—Yo también te extrañé —murmuró—. Tenía miedo. Pero verte así… me alivia.
Daven le acarició el cabello con ternura.
—Pronto estaré en casa. Te lo prometo.
—Te creo