Eli agachó más la cabeza; se sentía tan abrumada que apenas podía respirar. Solo quería salir de esa habitación. Cada segundo se le hacía más difícil de soportar.
Riana miró a la sirvienta que esperaba en silencio en un rincón.
—Por favor, acompaña a Eli a su habitación —indicó con amabilidad, pero con firmeza—. Procura que descanse.
La sirvienta asintió enseguida.
—Sí, señora.
Eli se levantó despacio, con las piernas temblándole. Hizo una leve reverencia.
—Gracias… por escucharme.
Selena miró a