A Eli no le quedó más remedio que asentir, aunque la angustia era insoportable.
Siguieron caminando hacia la multitud, hacia el imponente edificio de fachada de cristal, donde las cámaras ya estaban en alto, los micrófonos alineados y las luces encendidas, listas para captar lo que estuviera a punto de ocurrir.
Era obvio que no se trataba de un edificio cualquiera. Eli nunca había estado ahí. Pero recordaba haber leído alguna vez sobre Solaviz, sobre varias instalaciones públicas financiadas por