Eli bebió los últimos sorbos cuando Riana echó un vistazo a su reloj. Fue un gesto discreto, pero dejó claro que el encuentro ya se había alargado bastante.
—¿Hay algo más que se te antoje, Eli? —preguntó Riana.
Eli se secó con una servilleta los labios, que seguían húmedos.
—Nada, abuela. Gracias por el almuerzo.
—Claro —dijo Riana con una sonrisa dulce—. Creo que deberíamos ir terminando. —Añadió con más suavidad—. No quiero retenerte demasiado tiempo afuera.
Eli se irguió por reflejo, sorpren