—¡¿Althea?!
Lydia se inclinó con los ojos empañados en lágrimas mientras observaba la cara de su mejor amiga.
—Dios mío, por fin despertaste.
La luz del techo la deslumbraba. El penetrante aroma a antiséptico le inundó la nariz a Althea mientras parpadeaba lentamente para abrir los ojos. Aún veía borroso, pero reconoció el pánico en aquella voz tan familiar. Intentó sonreír, aunque sentía el cuerpo insoportablemente pesado.
—Ven, te ayudo —preguntó Lydia con rapidez, sosteniéndola mientras se a