Una vez dentro del departamento, Selena se quitó el abrigo y se dirigió a su pequeño escritorio de trabajo. Silvia las saludó con alegría y comenzó a enumerar los platillos que había preparado, por si querían comer.
—Gracias —respondió Eli con entusiasmo—. Me encantaría probar la sopa. No he comido nada. Mamá, ¿quieres un poco de caldo de pollo tú también?
Selena apenas la miró y negó.
—Estoy cansada. Tú come, Eli. Y Silvia, encárgate de que mi hija reciba la atención adecuada.
—Sí, señora Selen