—No es nada —dijo Felicia con una gran sonrisa—. En serio, Daven, te apoyo… cualquiera que sea la decisión que tomes.
—¿Sí? —Daven se inclinó hacia adelante y apoyó la cara en las manos, con la mirada clavada en la de ella—. Porque, no sé por qué, no logro creerte todo.
Felicia hizo un puchero.
—Pero sí te apoyo.
—Basta —dijo él con sequedad—. Dime a qué viniste.
Ella dudó unos segundos antes de hablar al fin.
—Es sobre tu hijo, Joshua.
El nombre golpeó a Daven como una piedra. Se le tensó el cu