La habitación estaba en penumbras, iluminada apenas por el resplandor tenue de una lámpara de mesa en la esquina. Al otro lado de la ventana alta y semiesmerilada, las hojas caían al suelo en espirales lentas, arrastradas por el viento inquieto. Hasta la estación parecía conspirar, envolviendo la noche en una melancolía que hacía eco del hombre sentado en el sillón de cuero negro.
Se reclinó hacia atrás, una pierna cruzada sobre la otra, un puro humeando entre sus dedos. Finas cintas de humo se